Celtiberia, espacio de frontera lleno de patrimonio

No está vacía la España vaciada, al menos en la Cordillera Ibérica. Este complejo espacio geográfico, que se extiende por Aragón, La Rioja y el reborde oriental de las dos Castillas, rebosa patrimonio ecocultural. Le dieron su identidad los celtíberos, los celtas mejor documentados de la península por los testimonios escritos de su lengua en téseras, monedas, estelas o inscripciones, una civilización indoeuropea con influencias mediterráneas que dejó un buen puñado de ciudades, la mayor parte romanizadas: Numancia, Tiermes, Arcóbriga, Segóbriga, Segeda, Ercávica, Nertóbriga, Contrebia Leukade, Contrebia Belaisca, etc. El dominio de la metalistería de este pueblo minero se hace patente en sus míticas espadas adaptadas por Roma (gladius hispaniensis) o en los cascos de Aratikos. Son muestras de una ascendencia guerrera que trajo de cabeza a Roma durante más de un siglo pero también de cierto refinamiento artístico, muy patente en las cerámicas con interesante iconografía céltica.

La Alta Edad Media deparó restos visigodos de la trascendencia de Recópolis (Guadalajara), capital de la provincia de Celtiberia, o la iglesia de Quintanilla de las Viñas (Burgos), al lado de maravillas prerrománicas como San Baudelio de Berlanga (Soria) o el monasterio mozárabe de Suso, en la riojana San Millán de la Cogolla; aquí, en las glosas emilianenses, frisando el primer milenio, aparecen los primeros testimonios escritos en romance y euskera (en estelas funerarias de las Tierras Altas de Soria se documentan quizá los primeros antropónimos euskáricos, datados en el siglo I a. C.). Otra estela encontrada en Calatayud en 1882 ha dejado una de las inscripciones hebreas más antiguas de Sefarad (anterior al siglo XI). Tierra de frontera, crisol de lenguas.

Al norte de esta Cordillera (Celt)Ibérica, en los monasterios de Albelda y Valeriánica, se iluminaron algunos de los mejores códices altomedievales hispánicos, al tiempo que el románico peninsular escribe aquí capítulo excepcional de mestizaje en las llamadas iglesias porticadas, nacidas en San Esteban de Gormaz a finales del XI y agrupadas en la Celtiberia castellano-riojana en un 85 %. Igualmente, Soria y Guadalajara aportan los restos mejor conservados de arquitectura militar del Califato cordobés – el castillo de Gormaz es el buque insignia-, puesto que era la frontera con los cristianos defendida desde la capital de la Marca Media, Medinaceli, desde 946. Y no olvidemos el conjunto de castillos medievales en esta tierra de frontera entre los reinos de Aragón, Castilla y Navarra, con ejemplos tan espectaculares como los de Peracense, Anguix, Zafra, Jadraque, Galve de Sorbe, Illueca, Mesones de Isuela, Monteagudo de las Vicarías o Berlanga.

A los monasterios de Veruela o Piedra hay que añadir otras joyas cistercienses en Santa María de Huerta (Soria), Cañas (Rioja), Bonaval, Monsalud y Buenafuente del Sistal (Guadalajara), sin olvidar otros cenobios cluniacenses como Silos, Valvanera o San Pedro de Arlanza y, en época posterior, el singular “Desierto carmelitano” de Bolarque o el complejo de Uclés, sede de la Orden de Santiago. Como testimonio de su esplendor medieval urbano, Celtiberia alberga un singular rosario de catedrales; la de El Burgo de Osma formaba parte del plan de Fernando III para que -junto con las de León, Toledo y Burgos- Castilla compitiera con Francia en esplendor ojival; sin olvidarnos de la románica de Santo Domingo de la Calzada, la de San Pedro en Soria, las singularísimas de Sigüenza (románico-gótica) y Cuenca (de ecos normandos) y las joyas mudéjares de Teruel y Tarazona, además de la renacentista de Albarracín. En tierras alcarreñas se promovió el primer renacimiento español (Cogolludo, Mondéjar) de la mano de los Mendoza, que también dejaron su huella en tierras de Almazán y Cuenca. Esa ciudad tiene destacados ejemplos de este estilo, junto con Soria (palacio de los Condes de Gómara), también presente en las magníficas iglesias de planta de salón con bóvedas tardogóticas repartidas por todo el territorio.

La marginalidad y la desconexión con la modernidad han propiciado la preservación de una riqueza etnográfica excepcional, presente en la variada arquitectura popular y su urbanismo igualmente adaptado al terreno, en la abundancia de ermitas, peirones, molinos, lavaderos, neveros, tenadas, chozos pastoriles, etc. Igualmente, es excepcional el cúmulo de ritos y tradiciones con ecos posiblemente célticos; algunos tan excepcionales como el Paso del fuego de San Pedro Manrique y las móndidas de esa comarca de Tierras Altas, la Contradanza de Cetina, el Cipotegato de Tarazona, la Máscara de Ateca o los carnavales de Luzón, Almiruete o Villares de Jadraque, todos en la provincia de Guadalajara, y Borobia, en el Moncayo soriano.

En los montes septentrionales de la Celtiberia brotó el romance y desarrolló sus balbuceos literarios en Gonzalo de Berceo, al que siguieron el juglar del Poema del Mío Cid (de San Esteban de Gormaz o Molina), el arcipreste de Hita, don Juan Manuel (con sede en Alarcón) o el marqués de Santillana que anduvo por el Moncayo. Gracián nació en Belmonte, al lado de las ruinas de Segeda, y está enterrado en Tarazona y Tirso de Molina en Almazán. Los Bécquer rescataron el substrato romántico de la Antigua Celtiberia, Galdós captó su misterio en El caballero encantado y Machado entendió su latido poético mejor que nadie. Existe, por tanto, una Celtiberia literaria que ha permanecido viva hasta hoy.

La naturaleza tiene también hitos de primera magnitud. Lagunas glaciares (Negra y Neila), ríos de piedra (tremedales), geoparques (Alto Tajo) e impresionantes relieves calizos: cañones (Río Lobos, Arlanza, Duratón, Alto Tajo, Mesa, Piedra, Júcar…), dolinas, torcales, lapiaces, cuevas… Abundan los bosques singulares: las mejores masas de sabina albar de Europa, acebedas (Garagüeta, Moncayo), las más extensas manchas de pino silvestre de la península (Pinares soriano-burgaleses, Montes Universales); a ello hay que añadir los pinares de Rodeno (Albarracín, Tierras de Molina…), destacados hayedos en el Moncayo, Urbión, Cebollera y Demanda, encinares centenarios (Villarroya, Rioja), bosques mixtos de confluencia entre especies mediterráneas con las atlánticas y sobre todo, espacio, muchísimo espacio para disfrutar. Atención igualmente a un paisaje antrópico de gran valor que está presente en los cultivos o en la silvicultura.

Es difícil encontrar un ámbito de patrimonio ecocultural tan vasto y singular en Europa, el “País de las Cuatro Culturas” que todavía es poco conocido y requiere una puesta en valor como espacio turístico de primer orden que puede servir para paliar su despoblación, marginación y olvido. Eso pretende el libro que pronto lanzará PRAMES titulado Celtiberia: un país imaginado, donde se recoge este enorme legado patrimonial y se dispone para que el viajero pueda disfrutarlo en rutas turísticas.

Laguna de Taravilla, Alto Tajo

Textos: JAVIER HERNÁNDEZ RUIZ. Asociación de Amigos de la Celtiberia www.sosrural.org

2 pensamientos sobre “Celtiberia, espacio de frontera lleno de patrimonio”

  1. Esta muy bien este resumen que espero que se abunde con más información que existe y que se desconoce del territorio y que mejor que los que vivimos para que los urbanos los conozcais.

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