Arcos de las Salinas, la sal de Teruel

El pueblo de Arcos de las Salinas está situado en las estribaciones de la sierra de Javalambre, a unos 70 km por carretera al sur de Teruel. A algo menos de 1,5 km al oeste del pueblo, en el ensanchamiento del barranco de las Salinas en su desembocadura en el río Arcos, se encuentran las antiguas salinas, catalogadas desde octubre de 2010 como Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de Lugar de Interés Etnográfico. Incluyen las instalaciones propiamente salineras y una pequeña ermita situada bajo la advocación de la Virgen de los Dolores. Se puede acceder caminando o en turismo desde un camino que parte del antiguo lavadero, una vez pasado el pueblo viniendo desde Teruel, y que lleva hasta la entrada a las salinas, cerrada a los vehículos.

Panorámica de Arcos de las Salinas, comarca de Gúdar-Javalambre. Foto: Javier Romeo-Archivo Prames

La localidad ha estado vinculada a esta instalación salinera, que llegó a ser la más importante de la provincia de Teruel, probablemente desde su fundación. No se disponen de datos sobre el inicio de su explotación pero en época musulmana ya debieron estar en actividad, porque desde el momento de su conquista por Jaime I a mediados del siglo XII, las salinas fueron una importante adquisición para el rey, que como era habitual las incluyó en el patrimonio real, y que incluso llegó a visitarlas personalmente en 1259.

Posando sobre un salero. Foto: Archivo Miguel Calvo

La venta de sal, mantenida en régimen de monopolio, era una fuente de ingresos muy significativa para la Corona. Hay constancia documental de que el propio Jaime I utilizó sus productos, además de para obtener ingresos, hipotecándolos como garantía de pago de diversas deudas.

Para asegurar la recaudación, en muchas épocas, al monopolio de la venta de sal se añadió la obligación de que los habitantes de cada localidad se abastecieran de sal en una salina concreta (los vecinos de Teruel y sus aldeas debían adquirirla precisamente de la salina de Arcos) e incluso que cada familia comprara una determinada cantidad al año, para el consumo de personas y animales, de tal modo que, aunque no la recogiera del alfolí (almacén oficial de sal) que tenía asignado, debía pagarla igualmente.

Estanco de la Sal

En 1269, Jaime I concedió a Teruel la villa de Arcos, con la excepción de las salinas. La importancia de las salinas de Arcos, su cercanía a la frontera con Castilla y las frecuentes contiendas entre ambos reinos, hizo que en 1357 el rey Pedro IV las fortificase, convirtiendo el edificio donde se encontraba el pozo y la noria en una torre de defensa.

La explotación de las salinas se efectuó o bien por explotación directa por cuenta del rey o, más frecuentemente, mediante arriendos. Uno de los arrendadores fue la Comunidad de Teruel, hasta que volvió de nuevo al Estado en 1749, al establecerse el llamado Estanco de la Sal, una forma de financiación mediante el monopolio de su producción y venta, a precios enormemente superiores a los del coste de producción o a los que tendría en el comercio libre.

En 1752, las salinas de Arcos fueron visitadas por el naturalista Guillermo Bowles, que las describió en un libro, indicando la existencia de una noria para elevar el agua, y señalando la formación de estalactitas de sal alrededor de ella por el agua que se vertía en su funcionamiento. A mediados del siglo XIX, las salinas producían cada año entre 500 y 600 toneladas de sal, pero el fin del estanco ocasionó su paralización, al no poder competir con la sal de otros lugares, especialmente de la obtenida en salinas marítimas. Sin embargo, las salinas recuperaron su actividad, de manos de una familia vinculada a ellas desde mediados del siglo XIX.

En primer plano, un calentador al que llega agua desde la noria por conducciones elevadas de madera (hacia 1950). Foto: Archivo M. Calvo

En 1854, Rafael Campillo Delgado fue nombrado interventor y años después su hijo ocupó el puesto de escribiente. Como casi todas las salinas que pertenecieron al Estado, las de Arcos de las Salinas fueron enajenadas y en 1907 pasaron a manos de la familia Campillo. La propiedad de las salinas quedó dentro de la familia a lo largo del siglo XX, hasta la actualidad y las instalaciones se mantuvieron sustancialmente como habían estado en siglos anteriores. Solamente en la última época se realizaron algunas mejoras, como sustituir la noria por una bomba movida por un motor, paralizándose definitivamente su actividad a finales del siglo XX.

Funcionamiento del salinar

Las salinas de Arcos contaban inicialmente con dos pozos, aunque uno de ellos, situado en un pequeño barranco a unos 700 metros al noreste del pozo principal, que todavía se conserva, se utilizó solamente de forma ocasional desde el siglo XVIII, dada la escasez de su caudal. El agua, cargada de sal al atravesar los terrenos salinos de un diapiro del Keuper, se extraía en el pozo principal, situado junto a los demás edificios de la salina, mediante una noria movida por caballerías.

El sistema de extracción se instaló probablemente desde el inicio de la explotación, pero está bien documentado que en 1389 se reformó por completo, por cuenta de la Comunidad de Aldeas de Teruel, construyendo un modelo que probablemente era muy semejante al que existe actualmente.

El movimiento circular de la caballería producía el giro de un eje vertical, que se trasmitía a un eje horizontal mediante un par de engranajes de madera. Este eje horizontal estaba acoplado a su vez a una rueda que movía un sistema de canjilones que extraían el agua del pozo y la depositaban en una artesa elevada. De ahí, un sistema de conducciones formado por canales en ‘U’ fabricados ahuecando a mano troncos de sabina, ensamblados entre ellos y situados sobre caballetes construidos también con madera, la hacía llegar hasta unas balsas de forma más o menos regular, rodeadas con un muro de piedra y argamasa de cal, conocidas en la terminología salinera como calentadores.

Cristalizadores antiguos, probablemente medievales o incluso anteriores, con el fondo de losas de piedra, reformados parcialmente en época más moderna, con fondo de guijarros. Foto Miguel Calvo

Cristalizadores, flor de sal y salero

Según la documentación del siglo XIX, su fondo estaba empedrado, aunque actualmente ese empedrado ha desaparecido, probablemente al quedar cubierto por sedimentos. Estas balsas servían para que el agua depositara algunas impurezas, como la arcilla en suspensión y el yeso disuelto, y para que se fuera evaporando el agua y concentrando la sal por la acción del sol y el viento. Durante la temporada de recolección, se pasaba a los cristalizadores para obtener la sal. Esta temporada iba normalmente de mediados de junio a finales de septiembre, aunque en años secos podía prolongarse hasta mediados de octubre.

El agua salada se distribuía desde los calentadores mediante una serie de canales de madera a las eras o tablares de cristalización, situadas a un nivel inferior. Estas eras estaban divididas, mediante los propios canales de distribución y mediante planchas de madera, en pequeñas balsas cuadradas o rectangulares, los cristalizadores, de una profundidad de unos 20 centímetros y de una superficie individual de pocos metros cuadrados. Su suelo estaba formado por guijarros de buen tamaño, encajados entre sí lo más apretadamente posible, con las juntas rellenas de arcilla. Este suelo debía ser apisonado cada año con grandes mazos de madera antes de comenzar la temporada, ya que de su solidez dependía la calidad y cantidad de la sal recogida.

Canal elevado para conducir el agua salada a uno de los calentadores (década de 1960). Foto: Archivo Fundación Reales Salinas de Arcos de las Salinas (FRSAS)

Cuando la sal comienza a cristalizar, se forman en la superficie del agua de los cristalizadores pequeños cristales huecos con forma de tolva piramidal, ligeros y que se mantienen a flote. Esta sal es la llamada flor de sal, y actualmente es muy apreciada para fines culinarios y uno de los productos de las salinas artesanales que actualmente se encuentran activas.

Según progresa la cristalización, se van formando agregados de granos macizos, de un tamaño individual que puede ser de varios milímetros. Cuando la costra de sal va adquiriendo consistencia es necesario removerla de vez en cuando, para evitar que se formen grandes bloques o que se pegue al fondo, utilizando un rastrillo especial de madera, el legón, que se utilizaba también para amontonarla para su recogida.

Recogida de la sal ya seca en los saleros (década de 1960). Foto: Archivo Fundación Reales Salinas de Arcos de las Salinas (FRSAS)

En el centro de cada grupo de cuatro cristalizadores se situaba un tablado cuadrado construido con madera, ligeramente elevado sobre ellos, el salero, en el que se depositaba la sal recién recogida para que escurriera de nuevo a los cristalizadores el agua que llevaba impregnada. Una vez escurrida, o bien se dejaba secar por completo o se llevaba todavía húmeda al alfolí, donde se almacenaba formando grandes montones. La ausencia de otras sales, como cloruros y sulfatos de potasio o magnesio, hacía que pudiera recuperarse toda la sal, sin tener que descartar las aguas madres finales.

Carga de la sal en serones para su transporte por mulas. Foto: Archivo FRSAS

A mediados del siglo XX el principal mercado de la sal de Arcos de las Salinas, con una producción de unas 150 toneladas al año, era la alimentación del ganado ovino de la zona, tanto en la provincia de Teruel como en la de Valencia, ya que un factor fundamental que hacía difícil poder enviarla a otros mercados era la dificultad del transporte, realizado generalmente a lomos de mulas. También se utilizaba en menor proporción la sal de estas salinas para uso alimentario, particularmente para la salazón de jamones. Para estos usos se empleaba sal gruesa, de modo que no era necesario disponer de instalaciones para el molido.

Instalaciones, ermita y casona

Como ya se ha indicado, en una salina tradicional, la madera era el material que se utilizaba para máquinas y conducciones, así como para las herramientas destinadas a remover y recoger la sal, mientras que la piedra y la arcilla se empleaban para construir las balsas. El agua salada es capaz de alterar rápidamente no solo el hierro (la unión entre las piezas de madera se efectuaba por ensamblado, sin clavos) sino también muchos materiales modernos, como las tuberías de fibrocemento, el cemento y las baldosas cerámicas cuando se utilizan para el fondo de los cristalizadores, como se puede comprobar por desgracia en algunas salinas que se modificaron en época moderna.

El conjunto del salinar de Arcos de las Salinas está formado por los distintos tipos de balsas y conducciones, así como por los edificios destinados al almacenamiento de la sal, al personal y a los servicios auxiliares. En el siglo XIX existían seis balsas de concentración, calentadores que todavía son perfectamente distinguibles, y ocho grupos de cristalizadores. Los situados aguas abajo del pozo de la noria son probablemente más modernos. En uno de los grupos de cristalizadores situados en la zona más elevada, puede observarse que parte del suelo está formado por grandes losas de piedra encajadas entre sí, en un estilo de construcción muy diferente al resto, probablemente más antiguo. Una parte de estos cristalizadores fue desmontada en una época indeterminada, quedando un montón de losas arrancadas, que fueron substituidas por el tipo de empedrado utilizado en el resto de ellos.

El conjunto salinero incluye otros edificios notables, además de la ermita, construida en 1758, con un atrio de madera, y el edificio con el pozo y la noria. Una casona con una gran portada de sillares de piedra fue residencia primero del administrador real y, posteriormente, de los dueños. Adosado al anterior, el alfolí, sin más construcción interior que los pilares de piedra que soportan el techo y con grandes contrafuertes también de piedra en su parte exterior para reforzar el muro y hacer que resistiera el empuje de la sal amontonada contra él. Además, el funcionamiento del sistema de extracción y el de transporte de la sal a base de caballerías exigían la existencia de cuadras, y la abundante utilización de elementos de madera, la de una carpintería. También existe otro edificio, que probablemente se utilizó como alojamiento de obreros, y un almacén. En posición elevada, en la ladera, se encuentran los restos de una garita de vigilancia, testimonio de la época del Estanco de la Sal.

Recreación y visita

Grupo de ristalizadores en la zona más próxima al río, probablemente los más modernos. Foto: Javier Romeo

La salina es de propiedad privada, gestionada desde hace pocos años por la Fundación Reales Salinas de Arcos de las Salinas, que actualmente está elaborando un Plan Director para su restauración y recuperación integral, con objeto de que no se pierda este importante patrimonio industrial de Teruel, y que ello pueda favorecer el asentamiento de la población.

El 15 de septiembre de 2019 se recuperó, tras la rehabilitación del edificio por parte de los propietarios, la romería a la ermita de la Virgen de los Dolores, que tenía lugar tradicionalmente el martes de Pascua de Resurrección, y que hacía 72 años que no se llevaba a cabo. Ese año también se ha celebrado la conmemoración de la visita a las salinas que el rey Jaime I realizó el 30 de septiembre de 1259, con una recreación histórica que tendrá lugar en años venideros el domingo más cercano al 30 de septiembre.

Para visitar las salinas podemos contactar con el teléfono 680 152 698 y el correo fundacion@salinasdearcos.com. En la entrada a las salinas encontraremos un panel con indicaciones sobre su visita y en la página web de la fundación encontraremos información sobre el lugar y los proyectos de futuro.

Texto: Miguel Calvo Rebollar

Cabecera: vista de los cristalizadores y saleros en pleno funcionamiento. Al fondo, la ermita y otros edificios (decada de 1940). Foto: Archivo Miguel Calvo

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